¿PARA QUIÉN COMPONEN, EN REALIDAD?
Como compositor estoy socialmente muerto. Pero lo estoy por libre decisión. A lo mejor igual hubiera podido ser filósofo de profesión. La decisión es ésta: yo no encajo en este gremio, o sea que dimito. Lo que viene entonces es, primero, la libertad de imperativos sociales, pero también la libertad de actuar con arreglo a pautas propias, para lo que a uno también le gusta sentirse comprendido. A veces el aislamiento me hace sufrir, claro está. Pero forma parte de mi trabajo. La soledad es necesaria para experimentar la adquisición del conocimiento, y el conocimiento es siempre algo extraño y nuevo. Es imposible protegerse con recursos convencionales frente a este riesgo. Para que surja algo nuevo debo cambiar la convención. Pero no creo en los famosos compositores que sólo componen para el cajón de su escritorio. La vida y la obra de un compositor son dos cosas estrechamente relacionadas, aunque a veces lo son como el día y la noche. En cierto modo, la manera de concebir la composición se transfiere a la manera de vivir, y a su vez la vida cotidiana influye de forma inconsciente y por una vía indirecta en el trabajo de composición. La Nueva Música no servirá nunca para los apacibles conciertos a los que se va por la noche o los días de fiesta. Cada compositor se construye un público para sus obras, la música quiere ser escuchada. Naturalmente, yo hago como cualquier otro mi guerra particular contra el omnipresente decorado pop, contra el estruendo en las escaleras de las casas de vecindad y contra todo lo demás, pero como compositor no tengo por qué capitular frente a las circunstancias externas. No veo por qué tengo que reducir mi música a conceptos de cuño ontológico como el silencio, el sonido, el tiempo o el sentimiento. Lo que me interesa son más bien los complicados procesos del pensamiento musical, la confrontación reflexiva con aquellos conceptos. Lo que cuenta no es la calidad de los sonidos, sino la adecuación de los medios. Para mí lo ideal sería que el oyente escuchara exactamente igual que yo. Pero descubro yna y otra vez lo hermoso que es oír las cosas de un modo cada vez distinto. El oyente que yo me construyo es mi propia imagen, que experimenta los cambios constantes que experimento yo y si la que yo no puedo componer.
Hanspeter Kyburz